Esbozos para una crítica libertaria de la economía

por Gladys P. (GLAD)


Que la economía no es una ciencia exacta, a pesar de sus veleidades en contrario, es algo que el gobierno del PP está aprendiendo de manera práctica y sangrante. A pesar de las ínfulas de asesores, académicos y analistas, no hay receta alguna que asegure el éxito de una medida económica y lo que se vende a la opinión pública como la cura infalible contra la crisis, una vez tras otra, se queda siempre en aguas de borrajas. No es de extrañar que la perplejidad y la desorientación reinen en unos ministros y un presidente que se han quedado sin munición, y sobre todo sin discurso, en apenas unos meses. Porque tras introducir los recortes en servicios sociales, condiciones laborales, salarios y, por qué no decirlo, funcionamiento democrático, más drásticos de las últimas décadas, sin haber logrado hacer mella alguna en la espiral descendente de la economía española, debe ser difícil mantener la compostura cuando se anuncia más de lo mismo.

Y no es que haya otras medidas salvadoras, que se puedan aplicar en vez de éstas. El debate actual entre partidarios de la austeridad y de las políticas de fomento de empleo no pasa de ser un entretenimiento intelectual. Un ejercicio de sesudo análisis, pero de escasa relevancia práctica. Por un lado, como ya se ha dicho, los defensores de la austeridad a ultranza se han quedado sin argumentos. Por otro, hace tiempo que pasó la oportunidad de emprender políticas activas de empleo o de crecimiento, que requieren importantes inyecciones de dinero estatal, totalmente fuera del alcance de unos países lastrados por la deuda soberana. Sin embargo, el debate se mantiene, e incluso se encona.

Que las políticas de austeridad hayan fallado no debe sorprender a nadie. Desde el momento en que el FMI y sus acólitos desembarcaron en Europa, era de esperar una repetición del escenario que se había vivido con anterioridad en multitud de países en América Latina, África y Asia. Y así ha sido. A pesar de los rotundos fracasos que han cosechado sus políticas neoliberales en casi todos los ámbitos en que se han aplicado (y decimos “casi” por precaución, porque siempre puede haber algún caso que no conozcamos), tanto su discurso como sus recetas prácticas han permanecido inalteradas a lo largo de las décadas. Es decir, recortes en gastos sociales, privatizaciones, derogación de medidas de control, etc., en nombre de las supuestas virtudes autorreguladoras del libre mercado, esa entelequia ideológica sin realidad alguna. Por cierto, no está de más recordar que la austeridad que se predica para la población en general no se aplica a los sectores bancario y financiero, que siguen recibiendo jugosas entregas de fondos de manera regular.

Pero tampoco el estímulo al empleo es viable en este momento para las economías ahogadas por la deuda. Elementalmente, de donde ya no hay no se puede sacar. Tal vez en los primeros momentos de la crisis esto hubiera sido posible. En su lugar se decidió entregar enormes cantidades de dinero a la banca, en planes de rescate y avales, que han demostrado ser un pozo sin fondo que ha lastrado las economías de los países más débiles o periféricos. Aún así, quedaría por ver si este tipo de medidas daba resultado alguno. Algunos economistas, como Krugman, pueden estar convencidos de ello, pero también lo estaba el PP (y muchísimos votantes) de que con echar a Zapatero iba a llegar el maná del crecimiento económico y nos están dando sopas con ondas. Salvo intervenciones inesperadas y sorprendentes de los países más ricos de la UE, es difícil ver la manera en que los países que se hallan en la cuerda floja pueden evitar su caída en el precipicio del rescate y la intervención, suponiendo que estas posibilidades estén aún disponibles.

El agotamiento de un sistema

Desde luego, hay muchísimos factores que han llevado a esta situación y este no es el lugar para intentar hacer un análisis exhaustivo. Pero lo que parece claro es que ha llegado un momento en que el discurso económico predominante, sea de derechas o de izquierdas ha llegado a un callejón sin salida. Incluso las nociones más convencionales de la economía, que todas las escuelas comparten, parecen hacer aguas frente a la magnitud del desastre.

En realidad, las cuestiones que anidan en el corazón de la crisis son incluso de mayor calado que encontrar la medida correcta para corregir el comportamiento del mercado.

Ya se ha dicho en multitud de ocasiones que el binomio liberal-capitalista se justifica en base a un metarrelato idealista, metafísico y ahistórico, sin parecido alguno con la realidad. Por lo que respecta al mercado, según este cuento chino que se estudia en todas las facultades de economía, se supone que surge de la concurrencia voluntaria de individuos libres que compiten entre sí para maximizar su beneficio económico mediante decisiones racionales en un contexto de bienes limitados y finitos. Esta racionalidad inherente haría que la economía estuviese regulada por unas leyes fijas que se pueden determinar y que, si se conocen, permitirían predecir el comportamiento y la evolución del mercado. Es lo que se ha dado en llamar la mano invisible. Aunque cada participante en el sistema tome decisiones individuales, sin consultar con los demás, todas ellas acaban resultando en un conjunto armónico de actuaciones coherentes que redundan en el beneficio de todos los concurrentes, como si hubiese una mano invisible que coordinase sus actividades. Es decir, el sistema funcionaría de manera descentralizada, como una matriz o un sistema neuronal, y surgirían una serie de leyes, inevitablemente necesarias, que lo regulan. Como éstas surgirían de la propia naturaleza del mercado, los liberales afirman que el sistema se autorregula, y que si no se le imponen límites ni reglas externas, crece indefinidamente, asegurando el continuo suministro de una cantidad cada vez mayor de bienes y servicios a sus participantes.

A los economistas anticapitalistas del siglo XIX (el más conocido de ellos Marx, pero de ningún modo el único) les corresponde el mérito de haber puesto de relieve la falacia que encubre esta fábula. Primero porque los individuos no concurren libremente al mercado ni, desde luego, lo hacen en pie de igualdad. Después porque el supuesto desarrollo armónico y el crecimiento indefinido no son tales, sino que se producen crisis periódicas, algunas de ellas de gravedad más que considerable. Sin embargo se mantuvo en pie la noción del comportamiento racional de los participantes en el mercado y de la existencia de leyes económicas de cumplimiento obligado, entre las cuales, a partir de Marx y sobre todo Engels, se contaba ahora la del inevitable paso del sistema capitalista a otro socialista por obra y gracia del desarrollo de las fuerzas productivas.

Pues bien, a la luz de lo visto hasta el momento, hay motivos más que fundados para dudar de que estos principios básicos, si es que alguna vez fueron ciertos, mantengan cualquier atisbo de validez en la actualidad. Lo que está en discusión es la mera posibilidad de la economía como ciencia. A la vez, en un nivel más práctico, se debe cuestionar, no ya la continuación del sistema capitalista, que probablemente esté garantizada de una forma u otra, sino su conveniencia. Sobre todo desde el punto de vista de su coste humano y medioambiental.

La economía como ciencia

Es ilustrativo, como ejemplo de todo lo anterior, ver cómo se han comportado los mercados financieros en los últimos años. Se supone que un inversor racional distribuye su dinero en forma de campana gaussiana. Esto es, deposita menos dinero en las inversiones más arriesgadas, a pesar de que también son las más rentables, y privilegia las que presentan una relación riesgo/rentabilidad más equilibrada. Como ya han señalado varios autores, en los últimos años miles de brokers se pasaron esta prudencia elemental por el forro, mientras que sus jefes fomentaban este comportamiento concediendo primas millonarias a los gestores que apostaban por las inversiones que daban más dinero más rápido, aunque sus probabilidades de estrellarse fuesen estratosféricas. Para rematar, el altísimo riesgo en que se incurría se disfrazaba mediante el uso generalizado de instrumentos de ingeniería financiera, con lo que al final se ha acabado montando un lío monumental en el que nadie sabe lo que tiene, ni dónde está, ni cuanto vale. Por eso no es de extrañar que cuando se escrutan con un poco de detalle las carteras de bancos y fondos de inversión aparezcan sin parar agujeros negros, dispuestos a tragarse las arcas públicas de sus países respectivos. En resumen, un comportamiento muy alejado, de manera generalizada, de lo que se puede considerar racional.

Aún así, se podría argumentar, precisamente, que es esta desviación de la racionalidad económica la que ha generado el hundimiento del sector financiero, con lo que, paradójicamente, este comportamiento irracional demostraría la lógica intrínseca del sistema y garantizaría la existencia de leyes económicas que se deben respetar, so pena de incurrir en las iras de los dioses y ya de paso arruinar la vida a millones de personas. Igual que la ambición desmedida de sus gobernantes destruyó la Grecia clásica, la hybris de banqueros, inversores e incluso del ciudadano de a pie (¿no se nos recuerda continuamente que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades?) habría acabado por arruinar la situación económica.

Algo de cierto hay en esto. Desde luego, si uno se dedica a hacer el tonto con fuego es probable que se queme, pero eso no demuestra nada. O se reducen las supuestas leyes de la economía a simples reglas de Perogrullo, que escasamente se pueden considerar científicas, o es imposible encontrar normas de obligado cumplimiento que se demuestren como tales con el paso del tiempo. Un ejemplo paradigmático es la ya mencionada ley de hierro marxista, según la cual el colapso del capitalismo y la llegada del socialismo son inevitables por la mera lógica del desarrollo de las fuerzas productivas. Ni que decir tiene nada de esto se ha constatado con los años, lo cual niega, cuando menos, la veracidad de la economía marxista, cuando no su cientificidad. Desde luego, un varapalo importante para un socialismo que se autodenomina científico.

Lo cierto es que nadie tiene problema ninguno en reconocer que existe un elemento irracional intrínseco en el comportamiento de los mercados. Se habla de su confianza o su nerviosismo, que son factores completamente subjetivos y para nada parametrizables dentro de un sistema de relaciones cuantificables, que es la base de cualquier desarrollo científico. Si bien la estadística permite evaluar hasta cierto punto estos factores, la subjetividad que introducen en el sistema convierte la gestión de fondos e inversiones en algo más parecido a un arte, en el que la intuición juega un papel destacado, que a una ciencia exacta.

Desde este punto de vista, la incapacidad del gobierno del PP de controlar la escalada de la prima de riesgo tiene muy poco que ver con factores objetivos. Es evidente que ya nadie confía en la capacidad de la economía española de recuperarse a corto o medio plazo, lo que no deja de ser una opinión, informada y probablemente acertada, pero apreciación subjetiva al fin y al cabo. Frente a este estado de cosas cabe preguntarse qué sentido tiene seguir haciendo recortes cuando es evidente que se ha alcanzado un punto de no retorno.

La economía puede y debe ser otra cosa

Llegados a este estado de cosas, y si parece que nada más se puede hacer desde el punto de vista de gestión del irracional sistema capitalista, enfrentados al panorama de largos años de crisis y miseria, deberíamos plantear la situación en otros términos. Para empezar, y como se ha visto antes, no existen leyes inmutables que determinen el comportamiento, o ni siquiera la existencia, del capitalismo. Se ha insistido mucho en la naturaleza histórica de cualquier producto de la cultura humana y desde luego los sistemas económicos no escapan a esta condición. Es decir, ni el capitalismo ha existido siempre ni lo hará indefinidamente.

Además, su existencia no se puede disociar de las acciones y la actividad de las personas que participan en él y que son verdaderamente quienes le insuflan su ser. No se trata de una piedra, una galaxia, un triángulo o una ley física, que se dan de manera por completo independiente de los seres humanos. Por el contrario, se trata de una red de estructuras productivas y de consumo, sin lugar a dudas compleja y multiforme, pero que requiere la participación continua de personas que deciden organizarse (aunque sea implícitamente) de esa manera y seguir haciéndolo a lo largo de su vida.

Esta aproximación puede parecer voluntarista. Pero no somos tan inocentes como para creer que basta con desear organizarse de otra manera para superar los problemas por los que atraviesa el sistema o sustituirlo por un modelo alternativo. Tan sólo se pretende, en este punto, hacer un recordatorio de las capacidades y las posibilidades de los seres humanos como únicos organizadores, bien que colectivamente, de nuestro universo social y cultural.

En todo caso conviene vacunarse contra el peligro de personalizar el sistema, como si fuera un ente con vida y voluntad propias, algo que ocurre muy a menudo, tanto en el discurso convencional como en el alternativo o crítico. Así, se habla de la actuación del capitalismo internacional o de los mercados, como si fuese algo supranatural, que no se construye en base a personas concretas, cuyos intereses o actuaciones SON las del sistema.

No se trata de desmenuzar aquí todos los aspectos presentes en esta relación y en la pervivencia de los sistemas económicos. Sin duda, se trata de asuntos sumamente complejos, en los que intervienen una multitud de factores. Pero de momento lo que nos interesa recalcar aquí es que nada de lo que ocurre en el área económica es inmutable. A diferencia de lo que se quiere dar a entender a la población en general, la deriva de los mercados no es inevitable, ni la condena al paro y la depauperación que ha emitido el capitalismo sobre las poblaciones de la periferia europea (¡nosotras!) es necesaria o de obligado cumplimiento. En el ámbito económico no existen leyes inalterables, así que todo lo que ocurre en esta esfera es condicional y modificable.

Puede que desde el interior del sistema de mercado no haya ningún arsenal de medidas que permita reverter o impedir este desarrollo. Pero entonces tal vez sea necesario replantearse las prioridades, y decidir que antes de salvar a los mercados nos interesa salvarnos a nosotras. No tiene sentido seguir avanzando en una ruta que conduce directamente al abismo, sólo porque no hay consenso sobre la conveniencia de pisar el freno y salir del coche, o dejarnos arrastrar por esta deriva suicida mientras las pasajeras intentamos ponernos de acuerdo sobre la dirección que vamos a tomar después. Mientras tanto, el precipicio se acerca cada vez más. Se habla de rescate como si no supiésemos lo que eso significa. Y sin embargo, sus implicaciones están claras: más familias desahuciadas de sus hogares, más personas durmiendo en la calle, madres que mandan a sus niños al colegio sin desayunar, o pensionistas que no pueden pagar las medicinas que necesitan para seguir vivos.

Como queda dicho, no está escrito en ninguna parte que tenga que ser así. Se puede cambiar. Y visto lo visto, si queremos seguir todas vivas y contentas, se tiene que cambiar.

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*Imagen tomada del blog Tinta Negra
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